Lecturillas: Mi experiencia lectora en la infancia


Durante mi infancia experimenté un entorno familiar lleno de libros. Puedo y es necesario decir que en este aspecto he tenido una vida muy privilegiada.
Mis padres tienen grados de estudios altos y siempre han tenido una gran fascinación por  la educación. Este gusto les nació gracias a llevar una vida muy difícil en el plano económico; viniendo ambos de contextos familiares en desigualdad, la educación les representó “ese algo” que les motiva día con día. Son parte de la generación que creía que a través del estudio, la superación económica sería una realidad, y para ellos así fue.
Esta ideología y estilo de vida les define tanto a los dos que inclusive ahora, después de décadas de estar en ambientes escolares, siguen estudiando temas de lo más diversos.
Pero en el transcurrir de mi infancia y por motivos laborales de ambos, vivíamos tal y como nos definía mi abuela: como nómadas sin rumbo. En comunidades rurales de las regiones selváticas de Chiapas y parte de Centroamérica.
Esta vida fue la que motivó a mis padres a no educarnos en contextos escolares, debido a tanta movilidad, por lo que fui educada en casa y no asistí a la escuela sino a finales de la secundaria.
Tal y como lo mencioné antes, los libros fueron algo muy cercano a mí siendo niña. Ellos literalmente rodaban por la casa, podías encontrarte con Víctor Hugo en la sala, en las habitaciones podría esperarte Saramago, en la cocina igual y te encontrabas con Dostoievski y lo mismo podrías encontrar a Rius en el baño (Para no demorarse mucho). Los libros estaban en todos lados, en todos y casi nunca en la biblioteca.
Las actividades en las comunidades rurales en ese entonces eran de otro tipo, de mucha calma, casi demasiada, por lo tanto la lectura se fue dando como un medio para distraerse, sobre todo era imprescindible un libro en la hamaca para acompañar la digestión de la comida, aunque he de confesar que seguramente se usaban menos para leer que como un arma mortal contra mosquitos y otros bichos del medio día.
En casa no había restricciones, podíamos explorar cualquier libro de nuestro interés, cualquiera. La única regla era cuidarlos para alguien más, aunque en realidad nunca hubo alguien más que nosotros involucrándose en tales pasatiempos, a excepción de los mosquitos, claro. Y yo como cualquier niña, curioseaba hasta el hartazgo.
Desde muy pequeña mi madre solía leernos libros de cuentos, historias de hadas y demás, ella fiel seguidora y devota de las joyas de García Márquez, trataba por todos los medios de contagiarnos con fantasía. Mi padre al contrario, nos aterrizaba en su realidad, nos leía acerca de dinosaurios, de la teoría de la evolución de Darwin y cómo no, del Big Bang. A él las mariposas amarillas le comían el huerto, decía.
Aun así, con la lectura tan cercana y con toda la constancia de mis padres por contagiarnos con su emoción, yo aprendí a leer muy grande, por descuido de mis padres-profesores y también por trampa mía ya que yo disfrutaba tanto de lo que ellos me leían que llegué al punto de memorizar varios cuentos y relatos, pero a memorizarlos en toda regla, con punto y coma. Por lo que sí, parecía que leía.
Fue hasta uno de tantos viajes hechos para visitar la U.N.A.M (por cuestiones escolares de mi madre) cuando mi padre y hermanos decidimos pasar el tiempo en la biblioteca central y de paso esperarla a ella. Curiosamente ese día me perdí, y me perdí muy bien, durante largo rato en quién sabe qué sección de esa inmensidad de libros. Cuando por fin nos encontramos mi padre y yo, él al verme asustada y confundida se preguntaba por qué no había aprovechado para leer algo mientras lo esperaba, tal y cómo habíamos acordado en la entrada por si eso llegaba a ocurrir. Y para su sorpresa en ese momento lo supieron: yo tenía casi 8 años… y no sabía leer.
El tema se resolvió en una asamblea familiar definitiva, yo iba a aprender a leer en seis meses y punto. Y sí aprendí, aunque me tomó un par de meses más.
A partir de ahí la historia fue otra, después de aprender a leer por fin, dejé los libros infantiles para interesarme por otros temas, leí distintas cosas pero en especial textos breves: cuentos, poemas, relatos cortos, etcétera.
Gracias a la actitud relajada de mis padres por los textos a los que podíamos acceder a la casa, el primer libro que leí fue “El sí de las niñas” al que elegí porque su título me parecía interesante. Mansa sorpresa encontraría al ver el tamaño del drama elegido y leído con alrededor de 11 años. Puede decirse que a partir de ahí, el drama me acompaña de cerca.
En adelante, descubrí que en literatura en realidad no tengo un gusto definido. Y así, llego a finalizar con esta etapa tan particular en mi vida. Mi relación con los libros y la lectura no terminó aquí… pero eso es otra historia.



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